Rostros y fases de la ciencia

Durante un año y cuatro meses, la ciencia ha estado librando una batalla resistente e implacable contra la pandemia de Covid-19. En mis años dedicados a la investigación, no veo un momento que se pueda comparar con los desafíos que hemos enfrentado desde entonces y los logros alcanzados. La ciencia ha entendido mejor el virus, ha propuesto terapias basadas en pruebas bien realizadas, ha creado vacunas. Pero la necesidad de seguir aprendiendo y uniendo esfuerzos es enorme. E inagotable.

En Brasil, la participación como voluntarios en la investigación aún no está tan extendida como en otros países. Pero la empatía provocada por la pandemia y la comprensión de que el Covid-19 es una enfermedad de la sociedad difunden la importancia de cada uno en este proceso. Los voluntarios y sus familias fueron de una magnitud e importancia únicas, entendiendo toda la necesidad y aplicación de la ciencia.

En medio de la incertidumbre que trae Covid-19, el dolor de perder o ver sufrir a un ser querido, no lo pensaron dos veces antes de ayudar a salvar vidas.

Y si la investigación tiene caras nuevas, también tiene manos y ojos nuevos. Enfermeros, farmacéuticos, intensivistas, cirujanos, fisioterapeutas fueron los protagonistas de nuevos hallazgos y, sobre todo, de nuevas aplicaciones. Son profesionales que hasta entonces no estaban involucrados en la investigación académica, pero que, debido a la imposición del virus, combinaron la asistencia con la recolección de materiales, microbiopsias, el reclutamiento de voluntarios y la implementación inmediata de cambios en los protocolos.

Este proceso es tanto más importante porque la ciencia no sigue el ritmo habitual de la pandemia. La investigación está en curso y sus resultados guían inmediatamente las acciones de los profesionales de primera línea en la atención de pacientes infectados. Los intercambios de investigadores en redes aglutinan a hospitales de referencia de todo el país, intercambiando información en un tiempo récord y permitiendo que las instituciones de salud se adapten a cada cambio verificado por investigadores en diferentes partes del mundo.

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Si utilizamos la prevalencia reportada en el reciente estudio del Imperial College London, tenemos, en Brasil, una cantidad de personas que puede variar de 4 a 11 millones, con enormes impactos en sus vidas y en la de sus familias traídas por los so- llamado “Long Covid”, incluida la capacidad de trabajo reducida. Después de un período agudo de enfermedad, aislamiento, soledad, en un porcentaje de los infectados, hay discapacidades adquiridas. Si tenemos en cuenta que los pacientes brasileños actuales son cada vez más jóvenes, está claro que esto tendrá un impacto aún más marcado en la sociedad.

Y, más que nunca, necesita ver a las personas detrás de estos números. No se puede negar que la ciencia ha tomado caras nuevas desde el inicio de Covid-19. Son padres, madres, esposas, hijos, familias enteras que han puesto la posibilidad de adelantar descubrimientos sobre el coronavirus por encima de sus propios dolores, especialmente los de luto. La adherencia de estos pacientes y sus familiares hizo posible todo el conocimiento que tenemos hoy.

Personas que no son números sino rostros, así como los muchos rostros que fueron parte de la ciencia durante este período. Así como Covid-19 es una enfermedad de la sociedad, los impactos que dejará también lo serán y actuando como una sociedad integrada minimizaremos estos impactos en el mediano y largo plazo.

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