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¿Cazador o carroñero? Un estudio en Wyoming aporta nuevas claves sobre el comportamiento del Tyrannosaurus rex

Un análisis de más de 3.000 fósiles redefine cómo interpretar las huellas de mordeduras en dinosaurios del Cretácico

La imagen del Tyrannosaurus rex como un depredador exclusivamente cazador ha sido objeto de debate durante décadas. Ahora, una investigación realizada a partir de fósiles hallados en el estado de Wyoming (Estados Unidos) aporta nuevas evidencias sobre su comportamiento y, al mismo tiempo, introduce un método que podría cambiar la forma en que los paleontólogos interpretan restos fósiles estudiados desde hace años.

El trabajo, publicado en la revista científica PLOS One y dirigido por investigadores de la Universidad de Loma Linda, propone criterios más precisos para distinguir las auténticas marcas de dientes de las alteraciones naturales que aparecen en los huesos tras millones de años de procesos geológicos.

Una metodología más precisa para estudiar fósiles

Durante mucho tiempo, diferenciar una mordedura real de una grieta, una erosión o una estructura anatómica natural ha supuesto uno de los grandes desafíos de la paleontología. Una identificación incorrecta puede modificar la interpretación sobre cómo vivían, cazaban o morían los dinosaurios.

El equipo liderado por C. T. Siviero analizó una extensa colección de fósiles procedentes de la Formación Lance, en Wyoming, un importante yacimiento del periodo Maastrichtiense, correspondiente a la etapa final del Cretácico, hace entre 72 y 66 millones de años.

La mayoría de los restos pertenecía a Edmontosaurus annectens, un dinosaurio herbívoro conocido popularmente como “dinosaurio de pico de pato”.

Tecnología para distinguir una mordedura de una marca natural

Los investigadores examinaron un total de 3.013 huesos utilizando lupas de precisión, microscopios digitales y tomografías computarizadas en aquellos casos donde era necesario observar el interior de determinadas perforaciones.

El estudio combinó el análisis anatómico con la comparación de otros fósiles similares para determinar el origen de cada marca.

En una primera revisión, 13 huesos parecían presentar señales compatibles con mordeduras. Sin embargo, las tomografías revelaron que una de esas supuestas huellas correspondía en realidad a un foramen natural del hueso, utilizado en vida para el paso de vasos sanguíneos y nervios, descartando así que se tratara de una lesión provocada por un depredador.

Solo doce huesos mostraban auténticas marcas de dientes

Tras completar todas las comprobaciones, los científicos confirmaron que únicamente 12 de los 3.013 huesos conservaban verdaderas huellas de mordeduras.

Estas aparecían en costillas, vértebras y en dos huesos del antebrazo —el radio y el cúbito— de ejemplares de Edmontosaurus annectens.

Tres tipos de señales reveladoras

Las marcas identificadas presentaban características muy concretas:

  • Perforaciones profundas.
  • Arañazos alargados producidos por el deslizamiento de un diente sobre el hueso.
  • Surcos paralelos extremadamente finos que conservaban la impronta de los dentículos de dientes serrados.

La escasa cantidad de restos con estas características pone de manifiesto que este tipo de evidencias es mucho menos frecuente de lo que se pensaba, lo que convierte cada fósil con marcas auténticas en una valiosa fuente de información para reconstruir las relaciones entre depredadores y presas durante el Cretácico.

Las huellas apuntan al Tyrannosaurus rex

Para identificar al animal responsable de las mordeduras, los investigadores midieron la distancia entre las diminutas estrías presentes en los surcos y la compararon con los dentículos conservados en dientes fósiles de diferentes carnívoros encontrados en el mismo yacimiento.

Entre los patrones identificados destacan los icnotaxones Knethichnus parallelum y Linichnus serratus, ambos asociados a denticiones serradas como las del Tyrannosaurus rex.

Los resultados mostraron que, en cuatro de los huesos analizados, la densidad y disposición de las estrías coincidían con la dentición del T. rex, lo que permite atribuirle esas mordeduras con un elevado grado de confianza.

Aunque algunas marcas podrían haber sido producidas por cocodrilos u otros grandes carnívoros contemporáneos, las evidencias más sólidas señalan al famoso dinosaurio como el autor más probable de parte de ellas.

¿Depredador, carroñero o ambas cosas?

Uno de los aspectos más relevantes del estudio es que la mayoría de las marcas no presentaba señales de cicatrización ósea.

Esta ausencia indica que las mordeduras se produjeron cuando los animales estaban muriendo o después de haber fallecido, una circunstancia compatible con un comportamiento carroñero.

No obstante, los investigadores subrayan que esta evidencia no descarta la capacidad cazadora del Tyrannosaurus rex. Por el contrario, sostienen que, al igual que ocurre con numerosos grandes depredadores actuales, el dinosaurio probablemente combinaba la caza activa con el aprovechamiento oportunista de cadáveres, una estrategia eficiente desde el punto de vista energético.

Un avance que permitirá revisar décadas de investigaciones

Más allá de las conclusiones sobre el comportamiento del T. rex, los autores consideran que la principal aportación del trabajo reside en la nueva metodología desarrollada para identificar con mayor precisión las auténticas huellas de mordeduras.

Muchos agujeros y depresiones atribuidos durante años a ataques de depredadores podrían responder en realidad a enfermedades óseas, procesos de erosión, actividad de otros organismos o incluso a estructuras anatómicas normales.

La aplicación de estos nuevos criterios permitirá reexaminar fósiles estudiados desde hace décadas y reconstruir con mayor rigor las relaciones ecológicas entre las especies que habitaron los ecosistemas del Cretácico.

Conclusión

La investigación aporta una visión más precisa sobre el comportamiento del Tyrannosaurus rex y demuestra la importancia de aplicar técnicas avanzadas para interpretar correctamente el registro fósil. Además de reforzar la idea de que este gran dinosaurio alternaba la caza con el consumo de carroña, el estudio abre la puerta a revisar numerosas evidencias paleontológicas y mejorar el conocimiento sobre la vida en los últimos millones de años del Cretácico.

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